"Allí, el palacio de Herodes se alzaba, cual una Alambra, sobre livianas
columnas irisadas de azulejos moriscos, sellados como con cemento de
plata; unos arabescos partían desde rombos de lapislázuli, se escurrían a
lo largo de las cúpulas donde, sobre marqueterías de nácar, trepaban
luces de arco iris, fuegos de prisma.
El crimen estaba cometido; ahora el verdugo se encontraba impasible, con
las manos sobre la empuñadura de su larga espada, manchada de sangre.
La cabeza decapitada del santo se había levantado de la bandeja apoyada
sobre las baldosas y miraba, lívida, con la boca descolorida, abierta,
el cuello carmesí, goteando lágrimas. Un mosaico cernía la figura de
donde se escapaba una aureola que se irradiaba en trazos de luz bajo los
pórticos, que iluminaba la horrible ascensión de la cabeza, que
encendía el globo vidrioso de sus pupilas, fijas, de alguna manera
crispadas sobre la bailarina.
Con un gesto de espanto, Salomé rechaza la terrorífica visión que la
clava, inmóvil, de puntillas; sus ojos se dilatan, con la mano se
estrecha convulsivamente la garganta.
Está casi desnuda; en el ardor de la danza, los velos se han desatado,
los brocados se han caído al suelo; sólo está vestida con materiales
orfebrados y minerales translúcidos; un gorgorán le ajusta al igual que
un corselete la cintura; y, semejante a un broche soberbio, una
maravillosa alhaja lanza rayos como dardos en la ranura de sus senos;
más abajo, en la cadera, un cinturón la rodea, esconde la parte superior
de sus muslos que golpea un gigantesco dije de donde se derrama un río
de carbúnculos y esmeraldas; por último, sobre la parte del cuerpo que
ha quedado desnuda, entre el gorgorán y el cinturón, el vientre se
arquea, ahuecado por un ombligo cuyo hoyuelo parece un sello grabado con
ónix, de tonos lechosos, de tonos rosa uña.
Bajo los rasgos ardientes que se escapan de la cabeza del Precursor, se
encienden todas las facetas de las alhajas; las piedras cobran
movimiento, dibujan el cuerpo de la mujer en rasgos incandescentes; le
pinchan el cuello, las piernas, los brazos, con puntos de fuego,
bermejos como carbones, violetas como picos de gas, azules como llamas
de alcohol, blancos como rayos de astro.
La horrible cabeza llamea, mientras sangra sin cesar, dejando coágulos
de púrpura sombría, en las puntas de la barba y del cabello. Visible
sólo para Salomé, no abarca con su lúgubre mirada a Herodías que
sueña con sus odios al fin saciados, al Tetrarca que, inclinado un poco
hacia adelante, con las manos sobre las rodillas, aún jadea, enloquecido
por esta desnudez de mujer impregnada de olores salvajes, envuelta en
los bálsamos, ahumada en los inciensos y en las mirras.
Al igual que el viejo rey, des Esseintes permanecía aplastado,
aniquilado, presa del vértigo, ante esta bailarina, menos majestuosa,
menos altanera, pero más perturbadora que la Salomé del cuadro al óleo.
En la insensible y despiadada estatua, en el inocente y peligroso ídolo,
el erotismo, el terror del ser humano, se habían manifestado; la gran
flor de loto había desaparecido, la diosa se había desvanecido; una
espantosa pesadilla estrangulaba ahora a la histriona, extasiada por el
torbellino de la danza, a la cortesana, petrificada, hipnotizada por el
espanto.
Aquí, era verdaderamente una ramera; obedecía a su temperamento de mujer
ardiente y cruel; vivía, más refinada y más salvaje, más execrable y
más exquisita; despertaba más enérgicamente los sentidos aletargados del
hombre, hechizaba, domaba con mayor seguridad sus voluntades, con su
encanto de gran flor venérea, crecida en lechos sacrílegos, cultivada en
invernaderos impíos."
Fragmento de "Al revés".
Joris-Karl Huysmans
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