"Jack siempre tuvo una vida problemática, siempre saliendo de ciudades donde tenía problemas. Constantemente pedía a sus amigos que lo visitasen, le daba igual que estuvieran a 2.500 kilómetros de distancia, él les decía: "Coge un avión y ven ahora mismo para acá."
Llevó una vida muy solitaria y sus cartas eran bastante tristes... tan tristes como mientras estaba conmigo.
Jack me dijo una vez: "¿Sabes, Huncke? eres la primera persona que me hizo tener interés por Sinatra." Él estaba muy borracho. Yo no podía soportar aquel rostro triste, solitario, hinchado, cada vez más gordo... Mi impresión era que él se estaba convirtiendo en un viejo tonto.
En un momento dado él estaba hablando de algo que lo tocó profundamente... quería recordar lo que era pero en el momento en que contaba la historia comenzó a caer para un lado en la silla y su cabeza caía sobre su hombro. Cuando se movió para recomponerse había lágrimas en sus ojos. Eso me hizo querer llorar también... y lo hice poco después..."
Herbert Huncke
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miércoles, 16 de mayo de 2012
miércoles, 4 de abril de 2012
Fragmento de "La Madre" (Maxim Gorki)
"De igual modo vivía el cerrajero Mijaíl Vlásov,hombre sombrío, velludo, de ojuelos recelosos que miraban desconfiados, con malvada ironía, bajo unas pobladas cejas. Era el mejor cerrajero de la fábrica, el hércules del arrabal; se mostraba grosero con sus jefes, y por eso ganaba poco; no pasaba domingo sin que no diese una paliza a alguien; nadie le quería,temíanle todos. También intentaban pegarle a él, pero sin conseguirlo. En cuanto Vlásov veía venir gente dispuesta a acometerle, agarraba una piedra, una tabla o un trozo de hierro y, afianzándose en la tierra con las piernas muy abiertas, esperaba callado al enemigo. Su cara, cubierta de ojos a cuello por negra barba, sus manazas velludas, causaban general espanto. Infundían miedo sobre todo sus ojos, pequeños y agudos, que penetraban en los hombres,como taladros de acero. Cuando se tropezaba con su mirada, sentíase la presencia de una fuerza salvaje, impávida, pronta a golpear sin piedad.
- ¡Largo de aquí, canallas! -decía sordamente.
Entre la tupida pelambrera del rostro, brillaban los dientes grandes y amarillos. Y los adversarios retrocedían increpándole medrosos, aullando una retahíla de denuestos.
- ¡Canallas! -les gritaba lacónico, y en sus ojos fulguraba un sarcasmo punzante como una lezna.
Luego, irguiendo la cabeza con ademán retador, seguía a los enemigos, desafiándoles:
- ¡A ver!, ¿quién quiere morir?
Nadie quería.
Hablaba poco, y "canalla" era su palabra favorita. Con esta palabra denominaba a los jefes de la fábrica y a la policía; con ella se dirigía a su mujer.
- ¡Canalla! ¿No ves que los pantalones están rotos?
Cuando su hijo Pável hubo cumplido catorce años, le entraron ganas a Vlásov de tirarle una vez más de los pelos. Pero Pável, agarrando un pesado martillo, dijo conciso:
- ¡No me toques!...
- ¿Cómo? -preguntó el padre avanzando hacia el chico, de figura esbelta y fina, como avanza la nube sobre el abedul.
- ¡Basta! -dijo Pável-. No te lo consiento más...
Y alzó el martillo.
Miróle el padre, se llevó a la espalda las velludas manos y repuso burlón:
- Bien...
Y luego de un profundo suspiro, agregó:
- ¡Ah, canalla!...
Poco después advirtió a su mujer:
- No me pidas más dinero. Pável te dará de comer.
- ¿Vas a bebértelo todo? -se atrevió ella a preguntar.
- ¡A ti no te importa, canalla!... Me echaré una querida.
No se buscó una querida, pero desde aquel instante hasta su muerte, que aconteció unos dos años más tarde, no volvió a mirar a su hijo ni a dirigirle la palabra.
Tenía un perro, tan grande y peludo como él mismo. Por las mañanas el animal le acompañaba hasta la fábrica, y todas las tardes le esperaba a la puerta. Los días de fiesta Vlásov iba de taberna en taberna. Caminaba en silencio, y, como si buscara a alguien, arañaba con la mirada a la gente. Durante todo el día, iba el perro en pos de él, gacha la cola grande y fastuosa. Vlásov volvía a casa borracho, cenaba y daba de comer en su mismo plato al perro. No pegaba ni regañaba nunca al animal, pero tampoco lo acariciaba. Después de cenar, si la mujer no andaba lista para retirar la vajilla de la mesa, tiraba los cacharros al suelo, se ponía delante una botella de vodka y recostado contra la pared, abriendo mucho la boca y cerrando los ojos, berreaba con sorda voz, que infundía tristeza, una canción. Los melancólicos y discordes sonidos se le enredaban en los bigotes, haciendo caer las migajas de pan; el cerrajero se atusaba con sus dedazos la barba y los bigotes y seguía cantando. La letra de la canción era larga y un tanto incomprensible; su tono recordaba el aullido del lobo en invierno. Cantaba mientras había vodka en la botella. Luego, tendíase en el banco o apoyaba la cabeza en la mesa, y así dormía hasta que la sirena le despertaba. El perro echábase a su lado.
Murió de hernia. Durante unos cinco días estuvo retorciéndose en el lecho, muy cerrados los ojos, todo él ennegrecido, rechinando los dientes. A veces, le decía a su mujer:
- Dame arsénico, envenéname...
El médico ordenó que le pusieran a Mijaíl unas cataplasmas, pero advirtió que la operación era imprescindible y que había que trasladarle al hospital aquel mismo día.
- Vete al diablo, ¡ya me moriré yo solo! ¡Canalla! -barbotó Mijaíl con ronca voz.
Cuando el doctor se hubo marchado, su mujer, llorando, quiso convencerle de que se sometiera a la operación. Mijaíl, amenazándola con el puño crispado, declaró:
- Si me curo, ¡va a ser peor para ti!
Se murió una mañana, cuando la sirena llamaba al trabajo a los obreros. Yacía en el ataúd, abierta la boca sin acritud, pero el ceño continuaba fruncido con enfado. Le llevaron al cementerio su mujer, su hijo, su perro, Danilo Vesovschikov, un ladrón viejo y borracho despedido de la fábrica, y algunos mendigos del arrabal. La mujer lloró un poco en silencio. Pável no vertió ni una lágrima.
Los que se cruzaban con el fúnebre cortejo se detenían persignándose y diciendo:
- Seguramente, Pelagueia se alegrará, estará contenta de que haya muerto...
Algunos corregían:
- No se ha muerto, ha reventado...
Ya enterrado el ataúd, marcháronse todos. El perro quedó allí, echado en la tierra recién removida, olfateando durante mucho tiempo la tumba, sin lanzar ni un aullido. A los pocos días, alguien lo mató..."
***
jueves, 29 de marzo de 2012
Judith y Holofernes
"Desayuné en mi pabellón de madreselva y leí el libro de Judith y envidié al feroz pagano Holofernes por su real hembra, que le corta la cabeza, y por su bello y sangriento final.
El Señor lo ha castigado por medio de una mujer.
La frase me asombra.
Qué poco galantes son estos judíos, pensé, y su Dios bien podría escoger expresiones más decentes cuando habla del bello sexo.
El Señor lo ha castigado por medio de una mujer, repetí para mí. Bueno, ¿qué puedo hacer yo para que me castigue?"
Fragmento de La Venus de las pieles (Leopold von Sacher-Masoch)
***
martes, 27 de marzo de 2012
Fragmento de "Memorias del subsuelo" (Fiódor M. Dostoievski)
Así comienza uno de mis libros favoritos:
"Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.
Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía.
Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud.
Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.
He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!
Pero ¿no les parece, señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.
No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existencia.
Sí, tengo cuarenta años... Cuarenta años son toda una vida; son... una verdadera vejez. Vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a ustedes: los imbéciles y los bribones. Sí, ésos son los que viven más de cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, hasta los ochenta años!... ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el aliento!
Ustedes se imaginan seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto, como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes están irritados; lo veo), me pregunta qué soy en fin de cuentas, les responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?
Sin embargo ¿de qué puede hablar un hombre honrado con más placer?
Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!"
"Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.
Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía.
Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud.
Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.
He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!
Pero ¿no les parece, señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.
No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existencia.
Sí, tengo cuarenta años... Cuarenta años son toda una vida; son... una verdadera vejez. Vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a ustedes: los imbéciles y los bribones. Sí, ésos son los que viven más de cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, hasta los ochenta años!... ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el aliento!
Ustedes se imaginan seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto, como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes están irritados; lo veo), me pregunta qué soy en fin de cuentas, les responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?
Sin embargo ¿de qué puede hablar un hombre honrado con más placer?
Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!"
sábado, 24 de marzo de 2012
Fragmento de "Lolita" (Vladimir Nabokov)
"La breve franja de arena blanca que era «nuestra playa» –de la cual nos habíamos apartado un poco en busca de profundidad–, estaba vacía en días de trabajo. No había nadie en torno de nosotros, salvo las dos figurillas tan ocupadas de la orilla opuesta y un aeroplano particular color rojo oscuro que planeó sobre nosotros y desapareció en el azul. El lugar era, en verdad, perfecto para un súbito crimen entre burbujas, y contaba además con un detalle interesantísimo: el hombre de ley y el hombre de agua, bastante cerca para presenciar un accidente y bastante lejos para no observar un crimen. Estaban bastante cerca para oír a un bañista enloquecido que se agitara y pidiera a gritos que alguien salvara a su mujer a punto de ahogarse; y estaban demasiado lejos para distinguir (si miraban demasiado pronto) que el nadador desesperado sujetaba a su mujer debajo del agua. Todavía no me encontraba en esa etapa; sólo quiero expresar la facilidad del acto, lo cuidado del planteo. Mientras tanto, Charlotte seguía nadando con concienzuda torpeza (era una sirena muy mediocre), pero no sin cierto solemne placer (¿acaso no estaba su tritón junto a ella?); y al tiempo que yo observaba, con la rigurosa lucidez de una futura meditación (es decir, tratando de ver las cosas como recordaría haberlas visto), la vítrea blancura de su cara mojada tan poco tostada a pesar de todos sus esfuerzos, y sus labios pálidos, y la desnuda frente convexa, y la tensa gorra negra, y la carnosa nuca mojada, me dije que cuanto debía hacer era quedarme a la zaga, tomar aliento, atraparla por el tobillo y sumergirme con mi cadáver cautivo. Digo cadáver porque la sorpresa, el pánico y la falta de experiencia la harían aspirar de golpe un mortal galón de lago, mientras yo la sujetaría por lo menos durante un minuto, con los ojos abiertos bajo el agua. El gesto fatal pasó como la cola de un cometa a través de la blancura del crimen completa. Era como un terrible ballet silencioso: el bailarín sostenía a la bailarina por los pies y se hundía en la penumbra cristalina. Yo no podía subir a la superficie en busca de un bocado de aire, sin dejar de sujetarla bajo el agua, para después volver a sumergirme tantas veces como fuera necesario. Y sólo cuando el telón cayera para siempre sobre ella, me permitiría pedir auxilio. Y cuando veinte minutos después, los títeres cada vez más grandes llegaran en un bote a remo, pintado a medias, la pobre señora Humbert Humbert, víctima de un calambre o una oclusión coronaria, o de ambas cosas, estaría de cabeza sobre el limo del fondo, a unos treinta pies de la sonriente superficie del lago.Sencillo, ¿no es cierto? Sólo que... ¡no me resolvía a hacerlo!
Charlotte nadaba a mi lado –una foca confiada y torpe–, y toda la lógica de mi pasión gritaba en mis oídos: ¡Éste es el momento! Pero no podía. Me volví en silencio hacia la playa, y en silencio, concienzudamente, ella también volvió, y el infierno seguía gritando su consejo y yo seguía sin resolverme a ahogar a la pobre criatura gorda y resbalosa. Los gritos se hicieron cada vez más remotos, mientras yo me hacía clara cuenta del melancólico hecho de que ni al día siguiente, ni el viernes, ni ningún otro día o noche podría ya darle muerte. Oh, me veía a mí mismo golpeando de alienación los pechos de Valeria o lastimándola de algún otro modo, y me veía con igual claridad disparando contra el vientre de su amante y haciéndole exclamar «¡Aaah!» y desplomarse. Pero no podía matar a Charlotte, sobre todo cuando las cosas no eran a la postre tan
desesperadas, quizá, como parecían a primera vista en esa desdichada mañana. Si la atrapaba por el pie a pesar de sus pataleos, si veía sus ojos estupefactos y oía su voz atroz, si pasaba por esa ordalía, el espectro de mi mujer me acosaría durante toda la vida. Si hubiera vivido en 1447, y no en 1947, acaso habría vendado los ojos de mi naturaleza apacible administrando a mi mujer algún veneno clásico de una ágata hueca, algún delicado filtro letal. Pero en nuestra era de la clase media no habrían resultado los métodos empleados en los dorados palacios del pasado. Ahora hay que ser científico si se quiere ser asesino. No, yo no era ni una cosa ni la otra."
***
domingo, 18 de marzo de 2012
Perry Smith, Truman Capote y "A sangre fría"
Uno de los libros que más me han sobrecogido y obsesionado es A Sangre Fría de Truman Capote. Denominado "novela periodística", en él Capote relata con exhaustividad todo lo concerniente al caso Clutter, para lo cual no dudó en entrevistarse en multitud de ocasiones con los dos asesinos.
Para el que no conozca la historia, en 1959 un violento crimen sacudió la tranquila vida de Holcomb, Kansas. Dos hombres, Perry Smith y Richard Hickock, habían asesinado a sangre fría a los cuatro miembros de una familia.
Sin duda la persona que más interés despierta tanto para el lector como para el propio Capote, es Perry Smith. A continuación os pongo dos fragmentos del libro. El primero es un informe psiquiátrico sobre la personalidad de Smith. El segundo son unas declaraciones del propio Smith recordando el día del asesinato.
Las últimas palabras de Perry Smith antes de morir ahorcado fueron: "Pienso que es una cosa infernal quitar la vida de este modo. No creo en la pena de muerte ni legal ni moralmente. Puede que hubiera podido contribuir en algo. No sirve de nada que pida perdón por lo que hice. Hasta está fuera de lugar, pero lo hago, pido perdón."
Para el que no conozca la historia, en 1959 un violento crimen sacudió la tranquila vida de Holcomb, Kansas. Dos hombres, Perry Smith y Richard Hickock, habían asesinado a sangre fría a los cuatro miembros de una familia.
Sin duda la persona que más interés despierta tanto para el lector como para el propio Capote, es Perry Smith. A continuación os pongo dos fragmentos del libro. El primero es un informe psiquiátrico sobre la personalidad de Smith. El segundo son unas declaraciones del propio Smith recordando el día del asesinato.
"Perry Smith presenta síntomas indiscutibles de una grave enfermedad mental. Su infancia, que él me relató se caracterizó por la brutalidad e indiferencia de ambos progenitores. A lo que parece, ha crecido sin orientación, sin amor, y sina similar nunca un sentido claro de los valores morales… Capta con hipersensibilidad todo lo que sucede a su alrededor y no presenta síntoma alguno de confusión. De inteligencia superior a la media, en los rasgos de su personalidad destacan dos claramente patológicos. El primero es su paranoica orientación hacia el mundo externo: es receloso y desconfiado, tiende a creer que los demás lo discriminan. Es hipersensible a las críticas, capta inmediatamente el desprecio o la ofensa, y con frecuencia malinterpreta las palabras bienintencionadas. Agrupa a las personas considerándolas en masa hipócritas, hostiles y merecedoras de cualquier cosa que él pueda hacerles. Relacionado con este rasgo aparece otro, una rabia, siempre presente, pero dominada, que se dispra fácilmente ante la menor sensación de ser engañado, despreciado o considerado inferior. En su mayor parte, los accesos de ira de su pasado se dirigieron contra símbolos de autoridad: padre, hermano mayor, sargento, funcionario que le concedió libertad bajo palabra; y en varias ocasiones lo impulsaron a una conducta violentamente agresiva. Tanto él como las personas que frecuenta conocen estos ataques de ira que, según dice, “le suben por dentro” y el poco dominio que tiene sobre ellos. Esa rabia, cuando se vuelve contra sí mismo, le provoca la idea de suicidio. Además de estas características, el sujeto presenta síntomas de desorden en sus procesos mentales. Tiene escasa capacidad de ordenar su pensamiento, no parece en condiciones de organizarlo o sintetizarlo y algunos de su razonamientos reflejan un contenido “mágico” y a la vez , un desprecio de la realidad… Para un diagnóstico exacto sería necesario un examen más profundo, pero la actual estructura de su personalidad se acerca mucho a una esquizofrenia paranoica."
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"Antes de que lo amordazara, el señor Clutter me preguntó y ésas fueron sus últimas palabras, quiso saber como estaba su mujer, si estaba bien. Y yo le dije que sí, que muy bien, que estaba a punto de dormirse (...) Y no es que le estuviera tomando el pelo. Yo no quería hacer daño a aquel hombre. A mi me parecía un señor muy bueno, muy cortés. Lo pensé así hasta el momento en que le corté el cuello.
(...) Pero no me dí cuenta de lo que había hecho hasta que oí aquel sonido, como de alguien que se ahoga, que grita bajo el agua. Le di la navaja a Dick (...) le entró pánico. Quería largarse de allí, pero yo no le dejé. El hombre iba a morir de todos modos, ya lo sé, pero no podía dejarlo así. Le dije a Dick que cogiera la linterna y lo enfocara. Cogí la escopeta y apunté. La habitación explotó. Se puso azul. Se incendió. Jesús, nunca comprenderé como no oyeron el ruído a treinta kilómetros a la redonda."
Las últimas palabras de Perry Smith antes de morir ahorcado fueron: "Pienso que es una cosa infernal quitar la vida de este modo. No creo en la pena de muerte ni legal ni moralmente. Puede que hubiera podido contribuir en algo. No sirve de nada que pida perdón por lo que hice. Hasta está fuera de lugar, pero lo hago, pido perdón."
viernes, 16 de marzo de 2012
Little Grey Rabbit
Ayer me llegó esta pequeña joyita. Es una edición de 1955 que, como podéis ver, parece haber tenido una vida intensa. En la primera página tiene escrito "To (ilegible) with love from Tony", lo cual hace que tenga más encanto y misterio aún.
Cuando era chiquitina mis padres me regalaron "La merienda de Rata de Agua" de la misma autora y se convirtió en mi cuento favorito durante muchos años, aunque confieso que casi me gustaba más por las bonitas ilustraciones de Margaret Tempest que por la historia en sí.
Si queréis recuperar algún cuento de vuestra infancia o simplemente tener una edición antigua de algún cuento que os guste (como por ejemplo ÉSTA joyaza) y no os importa que esté en inglés os recomiendo encarecidamente una pequeña tienda de Herefordshire (Inglaterra) llamada The Children's Bookshop. Podéis echarle un vistazo a su página web/catálogo pinchando AQUÍ
***
miércoles, 14 de marzo de 2012
Fragmento de "Memorias de la casa muerta" (Fiódor M. Dostoievski)
Varias veces tuve ocasión de observarla desde lejos. Como no veía a nadie y creía que estaba sola, a veces se decidía a apartarse un poco de su rincón: avanzaba cojeando a lo largo de la empalizada hasta alejarse diez o doce pasos de su sitio, después regresaba, y otra vez volvía a salir, como si estuviera haciendo ejercicio. En cuanto me veía volvía de inmediato a su rincón cojeando y dando saltitos pero a toda prisa, y una vez allí echaba la cabeza hacia atrás, abría el pico y erizaba el plumaje, aprestándose para la lucha. Nunca fui capaz de aplacarla con caricias: intentaba darme picotazos y peleaba, no aceptaba la carne de vaca que le ofrecía y, todo el tiempo que estaba al lado de ella, me miraba fijamente a los ojos de un modo feroz y penetrante. Apartada, rencorosa, esperaba la muerte, sin fiarse de nadie, sin someterse a nadie. Al final pareció que los reclusos volvieron a acordarse del águila, y aunque nadie se había preocupado ni había pensado siquiera en ella durante unos dos meses, de pronto se despertó una especie de compasión generalizada por el ave. Se apuntó la idea de sacarla del penal. "Si tiene que morir, que no sea en prisión", decían algunos.
Un día, después de la comida, cuando el tambor anunció la salida para el trabajo, cogieron el águila, le cerraron el pico con la mano porque intentaba combatir ferozmente, y se la llevaron fuera del penal. Llegaron hasta el terraplén. Los reclusos, unos doce, que integraban esta cuadrilla estaban intrigados por ver dónde iría. Curiosamente, todos parecían satisfechos, como si fueran ellos mismos quienes, en alguna medida, recobraran la libertad.
Desde el terraplén, soltaron el águila hacia la estepa. Era un día frio y gris de pleno otoño. El viento silbaba en la extensión desnuda y resonaba en la hierba de la estepa: amarillenta, reseca, hecha jirones. El águila se lanzó en línea recta, agitando el ala lastimada, como si se apresurara a escapar de nosotros, partiendo a la aventura. Los reclusos seguían con curiosidad las apariciones intermitentes de su cabeza en la hierba.
- ¿Os habéis fijado? -dijo uno pensativo.
- ¡Y nunca mira para atrás! -añadió otro-. Ni una sola vez, compañeros, ha mirado para atrás, ¡solo piensa en escapar!
- ¿Qué te creías, que iba a girarse para darte las gracias? -observó un tercero.
- La libertad, ya se sabe. Y ella ya presiente la libertad.
- Si, la libertad...
- Y ya no se la puede ver, compañeros...
- ¿Qué hacéis ahí parados? ¡en marcha! -gritaron los soldados de la escolta, y todos, en silencio, se dirigieron despacio al trabajo."
***
miércoles, 7 de marzo de 2012
Fragmento de "Molloy" (Samuel Beckett)
¡Hay que ver lo ingenuo que era yo entonces! Porque ella había perdido la noción de mensurabilidad, si no del todo, sí por lo menos la facultad de contar más allá de dos. Hay que hacerse cargo, de uno a cuatro era demasiado para ella. Cuando llegábamos al cuarto golpe creía que era el segundo, los dos primeros se habían borrado de su memoria tan rápidamente como si no hubiesen existido nunca, si bien no acabo de comprender cómo una cosa que no ha existido nunca puede borrarse de la memoria, aunque es algo que vemos todos los días. Debía creer todo el rato que yo le iba diciendo que no, cuando nada estaba más lejos de mis intenciones. A la luz de tales razonamientos,me dediqué a buscar, y acabé encontrando un medio más eficaz de insuflar en su espíritu la idea de dinero. Consistía en sustituir los cuatro golpes dados con el índice por uno o varios (según mis necesidades) puñetazos en el cráneo. Esto sí que lo comprendía. Por lo demás, no iba a verla por dinero. Me llevaba dinero, pero no venía para esto.No le guardo demasiado rencor a mi madre. Sé que hizo todo lo posible para que yo no naciera, salvo lo principal, y si no consiguió deshacerse de mí fue porque el destino me reservaba otra letrina peor. Pero con que haya tenido tan buenas intenciones me doy por satisfecho. No, no me doy por satisfecho, pero siempre le tendré en cuenta a mi madre los esfuerzos que hizo por mí. Y le perdono haberme zarandeado un poco los primeros meses y haberme amargado el único período ligeramente potable de mi enorme historia. Y también le tendré siempre en cuenta que no haya reincidido, instruida por mi ejemplo, o se haya detenido a tiempo. Y si algún día debo buscar algún sentido a mi vida, empezaré a hurgar por ahí, por el lado de esta pobre ramera unípara y de mí, último de esta calaña, no sé cuál. Añadiré, antes de pasar a los hechos, pues parece que realmente debiera hablarse de hechos, acaecidos aquella lejana tarde estival, que con aquella vieja sorda, ciega, incapacitada y demente, que me llamaba Dan y a la que yo llamaba Mag, con ella, y solo con ella, yo..., no, no puedo decirlo. Es decir, podría decirlo, pero no lo diré, sí, me sería fácil decirlo, porque sería mentira. ¿Qué veía yo de ella? Invariablemente, una cabeza, las manos a veces, alguna vez los brazos. La cabeza, siempre. Cubierta de vellos, de arrugas, de porquería, de babas. Una cabeza que ennegrecía el aire. No es que lo que pudiera verse tuviera mucha importancia, pero siempre es un comienzo. Era yo quien sacaba la llave de debajo de la almohada, quien cogía el dinero del cajón, quien volvía a dejar la llave bajo la almohada. Aunque no iba a verla por dinero. Creo que venía una mujer cada semana.
Una vez, vagamente, precipitadamente, posé mis labios sobre aquella pequeña pera grisácea y arrugada. Puaf. No sé si aquello le gustó. Su cháchara cesó un momento para reanudarse a continuación. Supongo que se preguntaría qué le estaba ocurriendo. Quizá se dijera puaf. Exhalaba un hedor insoportable. Debía de ser cosa de los intestinos. Perfume de antigüedad. No es que la critique, yo tampoco destilo esencias de Arabia. ¿Voy a describir el cuarto? No. Ya tendré ocasión más tarde, posiblemente. Cuando vaya a refugiarme allí, como último recurso, ya sin ningún pudor, con el rabo entre las piernas, vete a saber."
lunes, 5 de marzo de 2012
La aparición (Gustave Moreau)
"Allí, el palacio de Herodes se alzaba, cual una Alambra, sobre livianas columnas irisadas de azulejos moriscos, sellados como con cemento de plata; unos arabescos partían desde rombos de lapislázuli, se escurrían a lo largo de las cúpulas donde, sobre marqueterías de nácar, trepaban luces de arco iris, fuegos de prisma.
El crimen estaba cometido; ahora el verdugo se encontraba impasible, con las manos sobre la empuñadura de su larga espada, manchada de sangre.
La cabeza decapitada del santo se había levantado de la bandeja apoyada sobre las baldosas y miraba, lívida, con la boca descolorida, abierta, el cuello carmesí, goteando lágrimas. Un mosaico cernía la figura de donde se escapaba una aureola que se irradiaba en trazos de luz bajo los pórticos, que iluminaba la horrible ascensión de la cabeza, que encendía el globo vidrioso de sus pupilas, fijas, de alguna manera crispadas sobre la bailarina.
Con un gesto de espanto, Salomé rechaza la terrorífica visión que la clava, inmóvil, de puntillas; sus ojos se dilatan, con la mano se estrecha convulsivamente la garganta.
Está casi desnuda; en el ardor de la danza, los velos se han desatado, los brocados se han caído al suelo; sólo está vestida con materiales orfebrados y minerales translúcidos; un gorgorán le ajusta al igual que un corselete la cintura; y, semejante a un broche soberbio, una maravillosa alhaja lanza rayos como dardos en la ranura de sus senos; más abajo, en la cadera, un cinturón la rodea, esconde la parte superior de sus muslos que golpea un gigantesco dije de donde se derrama un río de carbúnculos y esmeraldas; por último, sobre la parte del cuerpo que ha quedado desnuda, entre el gorgorán y el cinturón, el vientre se arquea, ahuecado por un ombligo cuyo hoyuelo parece un sello grabado con ónix, de tonos lechosos, de tonos rosa uña.
Bajo los rasgos ardientes que se escapan de la cabeza del Precursor, se encienden todas las facetas de las alhajas; las piedras cobran movimiento, dibujan el cuerpo de la mujer en rasgos incandescentes; le pinchan el cuello, las piernas, los brazos, con puntos de fuego, bermejos como carbones, violetas como picos de gas, azules como llamas de alcohol, blancos como rayos de astro.
La horrible cabeza llamea, mientras sangra sin cesar, dejando coágulos de púrpura sombría, en las puntas de la barba y del cabello. Visible sólo para Salomé, no abarca con su lúgubre mirada a Herodías que sueña con sus odios al fin saciados, al Tetrarca que, inclinado un poco hacia adelante, con las manos sobre las rodillas, aún jadea, enloquecido por esta desnudez de mujer impregnada de olores salvajes, envuelta en los bálsamos, ahumada en los inciensos y en las mirras.
Al igual que el viejo rey, des Esseintes permanecía aplastado, aniquilado, presa del vértigo, ante esta bailarina, menos majestuosa, menos altanera, pero más perturbadora que la Salomé del cuadro al óleo.
En la insensible y despiadada estatua, en el inocente y peligroso ídolo, el erotismo, el terror del ser humano, se habían manifestado; la gran flor de loto había desaparecido, la diosa se había desvanecido; una espantosa pesadilla estrangulaba ahora a la histriona, extasiada por el torbellino de la danza, a la cortesana, petrificada, hipnotizada por el espanto.
Aquí, era verdaderamente una ramera; obedecía a su temperamento de mujer ardiente y cruel; vivía, más refinada y más salvaje, más execrable y más exquisita; despertaba más enérgicamente los sentidos aletargados del hombre, hechizaba, domaba con mayor seguridad sus voluntades, con su encanto de gran flor venérea, crecida en lechos sacrílegos, cultivada en invernaderos impíos."
Fragmento de "Al revés". Joris-Karl Huysmans
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